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San Agustín
Cecilia Bolarin

La concepción lineal del tiempo, aparece con el judeo-cristianismo y plantea el fluir de la historia como una línea siempre ascendente que uniría un estadio ante-histórica (paraíso original) y un estadio pos-histórico (reino de Dios en la tierra).

La existencia en el paraíso era armónica hasta que el hombre cometió una falta (pecado original hereditario), por lo que fue expulsado del paraíso y entró en la historia (valle de lágrimas). Existe no obstante la posibilidad de salvación individual tras la segunda venida del Mesías a la tierra. Después del juicio final se volverá a la situación original de paraíso y será el fin de la historia.

Esta visión lineal de la historia afectaría a cada existencia singular, puesto que no concibe la idea de la reencarnación de las almas, por lo que todo hombre dispone de una sola vida, comprendida entre el nacimiento y la muerte, y en esa única vida se juega y edifica su destino.
Vemos entonces, que con la consolidación del cristianismo, la noción de tiempo experimenta un importante cambio, ya que esta religión niega la posibilidad de un tiempo cíclico. La pasión, muerte y resurrección de Jesucristo son hechos únicos, irrepetibles, y dan un sentido a la existencia humana. De esta manera el tiempo aparece como fundamentalmente lineal y orientado hacia el futuro.
La concepción cristiana del tiempo, en la medida en que está vinculada a la noción de la Creación y de la venida del Mesías, es fuertemente deudora de la concepción judía, (como se dijo anteriormente) pero, a su vez, en la medida en que el pensamiento cristiano se edificó sobre la filosofía griega, expresa esta tensión entre ambas concepciones del tiempo. En especial, se vincula a la concepción platónica interpretada religiosamente a través del neoplatonismo, pues el tiempo de los hombres (el de la historia), depende de la eternidad divina. Toda la historia de la humanidad no es más que el camino hacia la segunda venida de Cristo, y está jalonada por diversas etapas o edades del mundo.
Podemos considerar entonces que la concepción cristiana del tiempo es el resultado de una síntesis entre la concepción judía, la platónica y la aristotélica. En efecto, parece mantenerse la concepción de una eternidad constituyente del marco en el cual tienen cabida los acontecimientos de límites definibles en el tiempo, pero sin que ello impida que esa eternidad sea nuevamente apartada del mundo sensible para constituir un ámbito trascendente. Tendremos, por tanto, el tiempo del mundo terreno, creado, por un lado, y el tiempo de Dios, la eternidad, por otro. Llegar a concebir esta eternidad es cuestión de fe.
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Para referirnos mejor a esta idea lineal del tiempo, tomemos como ejemplo a San Agustín. Para él un tiempo cíclico es sinónimo de desesperación, solamente un modelo lineal y progresivo del tiempo puede fundamentar la esperanza, ya que tanto ésta como la fe se remiten a un futuro, y este no existiría si los tiempos pasados y venideros fuesen meras etapas de un ciclo. Aborda de nuevo la aporética de un tiempo que es un fue que ya no es, un ahora que no es, y un será que aún no es, lo que lo pone en contacto con el planteamiento aristotélico.

Pero, según San Agustín, esta aporética desaparece cuando en lugar de querer entender el tiempo como algo externo, lo situamos en el alma. Entonces el tiempo es una distentio - intentio animi. Presente, pasado y futuro están en el alma como visión o atención, memoria y expectación o espera. El tiempo es una distentio animi en el pasado, el presente y el futuro, y una intentio hacia la eternidad, que es entendida como una presencia simultánea, completamente heterogénea al tiempo .
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La historia, nos dice San Agustín, implica en realidad, el entrecruzarse de varias historias. En primer lugar, y ante todo, pues éste, y no otro, es el proceso radical y supremamente substantivo, la historia de la Ciudad de Dios, del progresivo formarse de esa humanidad redimida que constituye la meta última y definitiva del acontecer. En segundo lugar, y como reverso de la anterior, la historia del pecado, del desgarramiento de la libertad cuando se aparta de Dios y rechaza su llamada. En tercer lugar, la historia de los diversos reinos y ciudades terrenas.

Las dos primeras historias son historias místicas, trascendentes, en su substancia, a lo empírico; se manifiestan, ciertamente, en la realidad concreta, de manera que cabe detectar su presencia, pero sólo Dios conoce con claridad sus contornos y el hombre debe esperar al momento definitivo, al juicio final, para poder percibirlos y captarlos con total exactitud. La tercera es, en cambio, una historia empírica, susceptible de ser estudiada y analizada por el hombre, que puede, en consecuencia, fijar sus contornos, trazar sus líneas de desarrollo y, al menos en cierto grado, precisar sus leyes .

La historia culminará, en términos agustinianos, cuando se haya completado la edificación de la Ciudad de Dios, es decir, cuando se haya realizado esa humanidad plena que constituía, desde el principio, la finalidad a la que orientaba todas las cosas el designio divino .

La historia en definitiva para la fe cristiana, es historia de salvación, historia que tiene su meta más allá de ella misma, pero que desemboca en la eternidad
Para finalizar tomemos como ejemplo, que la idea de tiempo lineal ha sido laicizada por el marxismo. El paraíso original fue recreado por los socialismos utópicos. El pecado fue la división del trabajo, que supuso la propiedad privada, la apropiación de los medios de producción, la dominación del hombre por el hombre, la dominación de unos por otros y la lucha de clases. De esta manera el hombre entró en la historia, una historia caracterizada por el conflicto, las relaciones de autoridad, etcétera, y cuyo motor esencial es como se dijo anteriormente la "lucha de clases".
Sin embargo en cierto momento del devenir histórico, la clase más explotada toma conciencia de su condición y a partir de entonces se erige en Mesías colectivo de la humanidad. Desde entonces el hombre puede elegir el "buen camino" y contribuir a la más rápida culminación de la lucha emprendida. Al fin de los tiempos, tras la "lucha final", los buenos serán definitivamente separados de los malos. La sociedad sin clases nos hará volver -con la abundancia como propina- a los felices tiempos del comunismo original. Las instituciones perecerán y el Estado resultará ya inútil. Será el fin de la historia.
El liberalismo hoy triunfante también se apropia de este concepto mediante la creencia en el carácter de progreso continuo desde las cavernas hasta el desarrollismo mundialista, el hombre debe vencer sus prejuicios propios de atavismos pasados (pecado original) adaptarse a la selección del mercado (historia) para llegar a un estadio de paz mundial (fin de la historia) cuando toda la humanidad tenga los mismos valores.

Para resumir la concepción lineal de la historia digamos que dota a esa historia de un carácter unidimensional, de una necesidad (ineluctable: es impensable que la historia no se desarrolle aparte todos sus accidentes y contingencias de acuerdo con la «revelación" que el hombre ha tenido de ella ya sea en la Biblia o en “El capital” de Marx) y de una finalidad. La historia tiene un sentido en la doble acepción del término: está dotada de significación y va en cierta dirección.

En esta concepción lineal de la historia, la libertad del hombre se encuentra estrechamente limitada. El hombre no es libre de hacer de la historia lo que quiera; no le queda otro remedio que aceptar la revelación que le es hecha por medio de la más alta autoridad posible dentro del sistema, “Dios” en el esquema judeocristiano y la “ciencia” en el marxista.

Por otra parte, pasado, presente y futuro son percibidos como radicalmente distintos entre sí: el pasado (en el seno de la historia) es lo que nunca volverá; el futuro, lo que aún no ha ocurrido nunca; el presente, un punto de una línea cuyo comienzo y fin nos sean conocidos aún cuando ignoremos su duración .


     
     
   
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